Cerca ya de nuestra casa vimos a Pedro el cantero, estaba trabajando junto a un pequeño roquedal, tallaba sillares de granito. Mi abuela se sentó en el pretil de una huerta vecina. Con una leve sonrisa saludó al cantero. Él nos dedicó una mirada cómplice y prosiguió con su tarea.
Por la forma en que respiraba, deduje que mi abuela estaba fatigada. Estaba ya muy vieja y estas largas caminatas cargada con la empanada la ahogaban, le faltaba el resuello. Me senté a su lado. Entonces ella me pidió que observara atentamente a Pedro, que prestara suma atención a su trabajo. Me fijé atentamente en su tarea, cogía grandes piedras irregulares, las medía con un pequeño metro y luego les iba dando forma golpeando con sutileza el mazo contra el cincel. Cuando concluía de moldear una piedra dándole una forma cúbica, la apilaba en su carreta.
Por la forma en que respiraba, deduje que mi abuela estaba fatigada. Estaba ya muy vieja y estas largas caminatas cargada con la empanada la ahogaban, le faltaba el resuello. Me senté a su lado. Entonces ella me pidió que observara atentamente a Pedro, que prestara suma atención a su trabajo. Me fijé atentamente en su tarea, cogía grandes piedras irregulares, las medía con un pequeño metro y luego les iba dando forma golpeando con sutileza el mazo contra el cincel. Cuando concluía de moldear una piedra dándole una forma cúbica, la apilaba en su carreta.