reo que no llegué a calzármelos nunca más, imagino que mi abuela los guardó con sumo mimo con la espera de que se presentara alguna otra efeméride para volver a ponérmelos. Pero en aquella perdida aldea escaseaban los acontecimientos significativos y jamás volví a verlos.
Ella, igual que siempre, se vistió de color negro. Los únicos cambios perceptibles en sus vestimentas eran que no llevaba su pañuelo negro cubriendo la cabeza y que portaba un bolso de mano, también negro.
Antes de salir de casa metió en el bolso un pequeño misal, un rosario y una mantilla negra de encaje, mi abuela nunca iba a la iglesia y recuerdo que me extrañó que tuviera tantos objetos religiosos.
Cuando estuvo preparada para partir enrolló un pañuelo grande, haciendo con él una especie de corona que se colocó sobre su cabeza y encima posó con mucho cuidado la empanadera.
Ella, igual que siempre, se vistió de color negro. Los únicos cambios perceptibles en sus vestimentas eran que no llevaba su pañuelo negro cubriendo la cabeza y que portaba un bolso de mano, también negro.
Antes de salir de casa metió en el bolso un pequeño misal, un rosario y una mantilla negra de encaje, mi abuela nunca iba a la iglesia y recuerdo que me extrañó que tuviera tantos objetos religiosos.
Cuando estuvo preparada para partir enrolló un pañuelo grande, haciendo con él una especie de corona que se colocó sobre su cabeza y encima posó con mucho cuidado la empanadera.