FREILA: Al llegar la noche de la fecha elegida, el padre de...

Al llegar la noche de la fecha elegida, el padre de Lúa se apostó en lo alto de un árbol cercano a la encrucijada de caminos, el cordero embadurnado con la pócima y atado por una pata a la cruz del sendero, berreaba asustado; sólo los berridos y el rumor del agua que corría por el cercano arroyo quebraban el silencio de la noche.
Pasaban las horas y aunque el corderillo no cesaba de balar y el viejo seguía consumiéndose esperando, la bestia no daba señales de vida.
Mientras esperaba recibió un susto de muerte, un cárabo en vuelo rasante estuvo a punto de lanzarlo al suelo desde lo alto del árbol, el viejo que no se había percatado del cercano vuelo del animal, se sobresaltó estremecido cuando vio acercarse volando una sombra negra, por un momento pensó que sería Belcebú que venía en su búsqueda; en los segundos que mediaron antes de darse cuenta de que la silueta sombría era realmente la de un cárabo, los pálpitos de su corazón convulsionado estuvieron a punto de hacerle reventar el pecho.
El viejo era valiente y se sobrepuso enseguida al miedo que lo atenazaba, volviéndose a centrar exclusivamente en la vigilancia del cordero.
Por fin, pasada la media noche, el cordero comenzó a agitarse de un modo extraño, el padre de Lúa se puso al acecho. Sigiloso, en un abrir y cerrar de ojos, el lobo cayó como un verdugo sobre el corderillo, una dentellada certera en el pescuezo del borrego lo dejó clavado, tumbado en el suelo aún pateo ligeramente antes de morir desangrado. El lobo, mientras intentaba rasgar con sus dientes afilados la piel del cordero, lamía inconscientemente el hipnótico brebaje cocido por la Chasca.
Por un instante se tambaleó el lobo, parecía estar haciendo efecto la pócima, aprovechando ese momento de debilidad, el padre de Lúa con su cuchillo afilado se lanzó sobre él. Aún tuvo fuerzas el animal para intentar morder al hombre, pero el mandil de cuero blanco le sirvió de armadura, rasgando la loba con sus largos caninos el cuero, pero sin alcanzar el cuerpo del padre de Lúa.
El viejo, ajeno a las intenciones criminales de las mordeduras del animal, agarró con saña su rabo y de un tajo lo seccionó, dejando desangrarse al animal.
Agarró el rabo con su mano izquierda y mantuvo el brazo en alto, se arrodilló, hincando con rabia el cuchillo en la tierra junto al sendero. Miró suplicante al Cristo del cruceiro, profiriendo un juramento sagrado.
- En esta noche tenebrosa y sin luna, pongo al Cristo crucificado en este cruceiro, por único testigo de mi juramento y le ruego que antes de que pueda maldecir nuevamente a mi hija, con este cuchillo que aquí dejo clavado me desgarren de una tajadura la garganta, me sea así mismo arrancada la lengua de raíz y enterrada en la arena del fondo del mar y me extraigan mis entrañas, exponiéndolas en el descampado para que sirvan de alimento a las alimañas.