FREILA: La Chasca lo tranquilizó, le comentó que si todo era...

La Chasca lo tranquilizó, le comentó que si todo era obra de la maldición y verdaderamente la loba que merodeaba por la aldea era su hija, había un modo de atraerla de nuevo hacia la vida humana. Pero le dejó claro que supiera que lo ayudaba por la niña. Que no se compadecía del sufrimiento que él pudiera padecer. Lo tenía merecido por su egoísmo y la vida desgraciada que había proporcionado a su hija.
Para romper el hechizo tendrían que hacerlo una noche similar a la noche de la transmutación, una noche oscura y sin luna, sería en una encrucijada de caminos, bajo la protección de un cruceiro y tendrían que utilizar un cuchillo lavado previamente con agua de la fuente milagrosa de los mouros.
Era aquella una fuente por donde manaba agua de un extraño sabor azufrado, agrio y de desagradable olor. Aquel manantial donde acudíamos a escondidas los jóvenes a lavarnos el rostro con un paño blanco, un pañuelo que luego arrojábamos hacia atrás sin mirar en donde había caído, con la vaga esperanza de que quedara bien enganchado en alguna rama alta de una zarza soleada para que el sol y el viento secaran el lienzo, manteniéndolo inmaculado, de ese modo, según la creencia popular, de forma milagrosa lográbamos limpiar nuestro rostro del odioso acné juvenil o conseguíamos hacer desaparecer cualquier verruga visible que nos afeara la cara o las manos y en algunos casos, curar la psoriasis que varios mozos sufrían en sus codos, rodillas o manos.
Conforme le ordenó la Chasca, el padre de Lúa también debía vestirse la noche del rescate un mandil blanco de aprendiz de cantero, de cuero de borrego, símbolo, según le dijo la Chasca, de la humildad, del trabajo y el esfuerzo constante, necesario para el crecimiento de la generosidad en el corazón de todo hombre honrado.
Sacrificarían un corderillo que aún no estuviese destetado, un corderillo que con sus inocentes balidos atrajese la atención de la loba. Lo amarrarían por una pata al cruceiro y ella le facilitaría una poción con la que embadurnarlo. Le explicó que la loba, al atacar y morder al corderillo se pondría en contacto con la pócima y quedaría adormecida o aturdida durante unos pocos segundos, entonces el padre, aprovechando esos escasos momentos, debería cortar con el cuchillo al animal la única parte del cuerpo de la loba que la muchacha no necesitaba, el rabo.
Pero le previno que tuviera sumo cuidado en no malherirlo en ninguna otra parte de su organismo, ya que el cuerpo del animal se convertirá en el cuerpo de la moza y si hiriera a la loba estaría hiriendo a su propia hija.
Durante los días que restaban hasta la próxima luna nueva, el padre de Lúa estudió con detenimiento los movimientos del lobo, los lugares más frecuentes de sus correrías y eligió la encrucijada más cercana a sus recorridos.
En aquella encrucijada estaba situado el cruceiro al que denominábamos de os vellos canteiros. Un extraño y viejo cruceiro esculpido en granito y desfigurado por el paso del tiempo, por años de lluvias y vientos. En el desgastado cruceiro aún se podía atisbar como el maestro de obras había esculpido una calavera con dos tibias cruzadas y varias herramientas de construcción bajo los pies del Cristo crucificado.
Según contaban junto a este cruceiro hubo hace muchos años un taller de canteros, donde los maestros tallista enseñaban a los aprendices el oficio de labrar la piedra bruta, el difícil arte de cortar, componer y trabajar el granito. Aún entre la espesa vegetación se podía descubrir las ruinas de aquel taller de cantería y parte de su suelo ajedrezado en blanco y negro todavía era parcialmente visible.
Así mismo, acordó con un pastor la compra para el día indicado del corderillo más joven y tierno de su rebaño.