Cuando Lúa volvió en sí, su cuerpo estaba totalmente cubierto de vello, caminaba a cuatro patas y aullaba como una loba en celo mientras corría libre por los montes. La maldición del padre se había cumplido.
A la mañana siguiente, su padre azorado por la ausencia de la niña, anduvo de casa en casa por toda la aldea preguntando por su hija, nadie pudo darle una respuesta que aclarase su paradero.
En la aldea se habló durante días sobre la misteriosa desaparición de la rapaza, se difundieron comadreos y murmuraciones que apuntaban al padre como responsable de su desaparición, incluso hubo quién señaló la posibilidad de una muerte violenta.
Pero pronto acallaron los rumores. Un problema mayor acuciaba a las gentes del pueblo. Un lobo muy grande y astuto atacaba por las noches los corrales; ya había devorado muchas gallinas, había degollado varios puercos y malherido en sus ataques a algunos de los perros que cuidaban las fincas.
El padre de Lúa dejó de hacerse a la mar, los remordimientos de conciencia y la angustia por la desaparición de su pequeña hija no lo dejaban vivir, recogido en su casa consumía sus horas llorando, pensando en la chiquilla que lo había abandonado.
Una noche, desvelado por el desasosiego recordó la maldición que había proferido a su hija el mismo día de la fiesta, antes de su partida. Se estremeció con sólo pensar que aquel lobo podría ser su añorada hija.
A la mañana siguiente, su padre azorado por la ausencia de la niña, anduvo de casa en casa por toda la aldea preguntando por su hija, nadie pudo darle una respuesta que aclarase su paradero.
En la aldea se habló durante días sobre la misteriosa desaparición de la rapaza, se difundieron comadreos y murmuraciones que apuntaban al padre como responsable de su desaparición, incluso hubo quién señaló la posibilidad de una muerte violenta.
Pero pronto acallaron los rumores. Un problema mayor acuciaba a las gentes del pueblo. Un lobo muy grande y astuto atacaba por las noches los corrales; ya había devorado muchas gallinas, había degollado varios puercos y malherido en sus ataques a algunos de los perros que cuidaban las fincas.
El padre de Lúa dejó de hacerse a la mar, los remordimientos de conciencia y la angustia por la desaparición de su pequeña hija no lo dejaban vivir, recogido en su casa consumía sus horas llorando, pensando en la chiquilla que lo había abandonado.
Una noche, desvelado por el desasosiego recordó la maldición que había proferido a su hija el mismo día de la fiesta, antes de su partida. Se estremeció con sólo pensar que aquel lobo podría ser su añorada hija.