Lúa afligida subió corriendo a su habitación, tumbada sobre la cama lloró desconsoladamente. Cuando se le hubo pasado el disgusto bajó a la cocina a prepararle la cena a su padre. Ambos seguían enfadados y no cruzaron palabra alguna entre ellos. Finalizada la faena en la cocina fue a asearse en la fuente, se perfumó con agua de plantas silvestres, se vistió con sus mejores ropas y se calzó lo zuecos de madera, metiendo los zapatos nuevos en una bolsita que llevaba consigo, con la finalidad de no mancharlos con el barro del camino y calzárselos limpios al llegar a La Ponte.
Aquella primera noche de libertad fue una noche maravillosa para Lúa, el recorrido hacia la romería lo hicimos cantando melodías populares de la aldea, bromeando entre nosotros y contándonos chistes picantes. Cuando llegamos a La Ponte todos los mozos bailamos alegres. Aquella noche ella conoció a un joven de Brantuas que le hizo ruborizarse de una manera singular cuando fijamente la miraba. Cuando bailó con el joven y asieron sus manos, ella sintió cómo de un modo extraño le temblaban sus rodillas. Con la caída de la noche, volvimos a calzarnos los zuecos de madera y emprendimos el trayecto de regreso a la aldea entre canciones y chanzas.
Ella hizo el recorrido en silencio, pensando con melancolía en el chico de Brantuas que acababa de conocer. Era la primera vez que el amor había llamado a la puerta de su joven corazón y la había pillado desprevenida. Nuestra amiga Lúa se había enamorado.
En el camino de regreso sus amigos le tomamos el pelo con el enigmático joven recién conocido y ella, inocente, se sonrojaba avergonzada cada vez que se lo mentábamos.
Al llegar a la aldea los chicos acompañamos a todas las mozas hasta la entrada de sus viviendas. Lúa cuando llegó se descalzó y se sentó a la puerta de su casa para descansar durante un ratito antes de acostarse, melancólica recordaba al joven de Brantuas que con tanta dulzura la había mirado. Con un cacillo que tenían dispuesto junto a la fuente se sirvió un poco de agua que bebió para mitigar la sequedad de su garganta.
Mientras meditaba pensando en la maravillosa velada que había disfrutado, su dicha se iba desvaneciendo al tiempo que paulatinamente la invadía la percepción de una extraña sensación. Se sentía intranquila, algo excitada, una inquietud indescriptible le iba reconcomiendo las entrañas y una fuerza externa la empujaba hacia la cercana carballeira.
Aturdida, no comprendía lo que le estaba sucediendo, los retortijones le producían unas convulsiones horrendas, se acurrucó a los pies de un carballo contrayendo sus manos contra el estómago, cayó al suelo y rodó monte abajo. Perdió el conocimiento.
Aquella primera noche de libertad fue una noche maravillosa para Lúa, el recorrido hacia la romería lo hicimos cantando melodías populares de la aldea, bromeando entre nosotros y contándonos chistes picantes. Cuando llegamos a La Ponte todos los mozos bailamos alegres. Aquella noche ella conoció a un joven de Brantuas que le hizo ruborizarse de una manera singular cuando fijamente la miraba. Cuando bailó con el joven y asieron sus manos, ella sintió cómo de un modo extraño le temblaban sus rodillas. Con la caída de la noche, volvimos a calzarnos los zuecos de madera y emprendimos el trayecto de regreso a la aldea entre canciones y chanzas.
Ella hizo el recorrido en silencio, pensando con melancolía en el chico de Brantuas que acababa de conocer. Era la primera vez que el amor había llamado a la puerta de su joven corazón y la había pillado desprevenida. Nuestra amiga Lúa se había enamorado.
En el camino de regreso sus amigos le tomamos el pelo con el enigmático joven recién conocido y ella, inocente, se sonrojaba avergonzada cada vez que se lo mentábamos.
Al llegar a la aldea los chicos acompañamos a todas las mozas hasta la entrada de sus viviendas. Lúa cuando llegó se descalzó y se sentó a la puerta de su casa para descansar durante un ratito antes de acostarse, melancólica recordaba al joven de Brantuas que con tanta dulzura la había mirado. Con un cacillo que tenían dispuesto junto a la fuente se sirvió un poco de agua que bebió para mitigar la sequedad de su garganta.
Mientras meditaba pensando en la maravillosa velada que había disfrutado, su dicha se iba desvaneciendo al tiempo que paulatinamente la invadía la percepción de una extraña sensación. Se sentía intranquila, algo excitada, una inquietud indescriptible le iba reconcomiendo las entrañas y una fuerza externa la empujaba hacia la cercana carballeira.
Aturdida, no comprendía lo que le estaba sucediendo, los retortijones le producían unas convulsiones horrendas, se acurrucó a los pies de un carballo contrayendo sus manos contra el estómago, cayó al suelo y rodó monte abajo. Perdió el conocimiento.