Victoria era bastante mayor para ejercer la prostitución, imagino que los hombres acudían a ella porque no había ninguna otra en el pueblo. Su familia vivía con estrecheces y eran muchas las mujeres de la aldea que les ayudaban, dándoles unas veces comida, otras, ropa y, cuando lo había, trabajo.
En alguna ocasión mi abuela me comentó que Victoria devolvía a Lúa parte del dinero que el padre se gastaba en su casa. Mamá Sofía sentía una manifiesta simpatía hacia Victoria y en las ocasiones en que yo le pedía que me hablase de ella, de cómo llegó a hacerse ramera, me respondía que ya me lo contaría más adelante. Nunca llegó el momento, pues nunca llegue a enterarme de la historia de aquella mujer de mirada y modales tan frágiles y tiernos.
Lúa niña fue creciendo y se hizo una bella moza. Aun cuando llevaba el pelo corto y liso como un chico, los rasgos de su rostro eran claramente femeninos, rezumaban ingenuidad, sus ojos eran hermosos, de color castaño cómo sus cabellos. La miopía que padecía le obligaba a fijar la vista en las personas, dotándole de una mirada tierna y expresiva.
Mantenía siempre el rostro bronceado y curtido por efecto de la brisa marina y el salitre. Eran pocas las ocasiones en que se vestía de mujer, entonces y aun cuando nunca se depilaba, bajo sus faldas se dejaban entrever unas bellas piernas.
Su padre se mostraba extremadamente celoso y posesivo con su hija, sentía hacia ella un sentimiento ambivalente y contradictorio, la quería cómo la hija que era pero a la vez la odiaba, al culpabilizarla inconscientemente por la muerte de su esposa.
El padre no la dejaba descansar ni le gustaba que la muchacha se divirtiera o saliera con el resto de los muchachos de la aldea. Todos los jóvenes de su edad acudían diariamente al paseo nocturno a flirtear, en busca de su futura pareja. El paseo nocturno siempre había sido el momento escogido por los jóvenes para el cortejo y la seducción. Ella nunca podía acudir al paseo tras la cena, según nos decía a sus amigos, no podía bajar porque tenía que recoger la cocina. Todos sabíamos que la verdadera razón era su odioso padre. El viejo borracho no permitía a su hija salir de casa para divertirse, la quería mantener encadenada a sus caprichos, esclavizada.
Fue en el día de la celebración de la Virgen del Carmen cuando de común acuerdo, todos los mozos de la aldea organizamos una romería a la fiesta de La Ponte. Haríamos todos agrupados el recorrido de los nueve o diez kilómetros que separaban nuestra aldea de La Ponte. Al finalizar la verbena retornaríamos nuevamente juntos para recorrer con mayor seguridad las corredoiras por donde, en alguna ocasión, se comentaba que en la oscuridad de la noche, se había visto a la Santa Compaña.
En alguna ocasión mi abuela me comentó que Victoria devolvía a Lúa parte del dinero que el padre se gastaba en su casa. Mamá Sofía sentía una manifiesta simpatía hacia Victoria y en las ocasiones en que yo le pedía que me hablase de ella, de cómo llegó a hacerse ramera, me respondía que ya me lo contaría más adelante. Nunca llegó el momento, pues nunca llegue a enterarme de la historia de aquella mujer de mirada y modales tan frágiles y tiernos.
Lúa niña fue creciendo y se hizo una bella moza. Aun cuando llevaba el pelo corto y liso como un chico, los rasgos de su rostro eran claramente femeninos, rezumaban ingenuidad, sus ojos eran hermosos, de color castaño cómo sus cabellos. La miopía que padecía le obligaba a fijar la vista en las personas, dotándole de una mirada tierna y expresiva.
Mantenía siempre el rostro bronceado y curtido por efecto de la brisa marina y el salitre. Eran pocas las ocasiones en que se vestía de mujer, entonces y aun cuando nunca se depilaba, bajo sus faldas se dejaban entrever unas bellas piernas.
Su padre se mostraba extremadamente celoso y posesivo con su hija, sentía hacia ella un sentimiento ambivalente y contradictorio, la quería cómo la hija que era pero a la vez la odiaba, al culpabilizarla inconscientemente por la muerte de su esposa.
El padre no la dejaba descansar ni le gustaba que la muchacha se divirtiera o saliera con el resto de los muchachos de la aldea. Todos los jóvenes de su edad acudían diariamente al paseo nocturno a flirtear, en busca de su futura pareja. El paseo nocturno siempre había sido el momento escogido por los jóvenes para el cortejo y la seducción. Ella nunca podía acudir al paseo tras la cena, según nos decía a sus amigos, no podía bajar porque tenía que recoger la cocina. Todos sabíamos que la verdadera razón era su odioso padre. El viejo borracho no permitía a su hija salir de casa para divertirse, la quería mantener encadenada a sus caprichos, esclavizada.
Fue en el día de la celebración de la Virgen del Carmen cuando de común acuerdo, todos los mozos de la aldea organizamos una romería a la fiesta de La Ponte. Haríamos todos agrupados el recorrido de los nueve o diez kilómetros que separaban nuestra aldea de La Ponte. Al finalizar la verbena retornaríamos nuevamente juntos para recorrer con mayor seguridad las corredoiras por donde, en alguna ocasión, se comentaba que en la oscuridad de la noche, se había visto a la Santa Compaña.