Su padre no la dejó acudir a la escuela con la regularidad necesaria y casi no sabía leer ni escribir. Ella, manteniendo siempre su inocencia, cocinaba, lavaba o acostaba y arropaba a su padre en las innumerables ocasiones en que al anochecer, llegaba tambaleándose, borracho perdido.
Desde muy joven se la veía en el muelle embozada en unos amplios pantalones y calzada con altas botas de agua, empataba los anzuelos de los palangres, remendaba las costuras de los trasmallos o reparaba las nasas. Ella vendía el pescado que su padre traía a tierra, ella baldeaba y lampaceaba la cubierta de la chalana y ella era, también, quién salía a mar abierta a virar las redes y las nasas, cuando las resacas tras las borracheras que cogía su padre lo derrotaban, dejándolo tumbado en la cama durante días, impidiéndole zarpar hacia los bancos de pesca.
También era ella la primera mujer en llegar a la atalaya los días de bruma para hacer resonar con sus soplidos la caracola, ayudando a las gamelas a navegar entre la niebla, indicándoles con la cadencia de su melodía la entrada del muelle y evitar que embarrancaran en los arenales o encallaran entre los escollos.
Su padre era un arrogante marinero solitario, de carácter arisco, que se enojaba por cualquier nimiedad, era blasfemo y maltrataba frecuentemente a la muchacha. El alcohol y el tabaco lo habían hecho envejecer prematuramente. Su rostro moreno estaba surcado de profundas arrugas, producidas, muy probablemente, por su eterno gesto de mal humor frunciendo el ceño.
En ocasiones su padre faltaba de casa durante días. Si la mar había sido generosa, tras la venta del pescado en la lonja, con sus bolsillos cargados de dinero, corría a derrocharlo a la casa de Victoria.
Victoria era la única puta conocida del pueblo, estaba soltera y tenía siete hijos, imagino que cada uno de ellos, sería de distinto padre. Su casa estaba situada en una callejuela estrecha y mal iluminada y al anochecer los hombres de acercaban a petar a su puerta. En nuestros juegos de niños, en muchas ocasiones nos apostados al atardecer escondidos tras un carro para espiar a los hombres que acudían a su casa a solicitar sus servicios.
Yo era muy amigo de uno de sus hijos, se llamaba Franco y era, de todos los niños de la aldea, el más diestro en el marisqueo. Conocía las rocas de la costa mejor que su propia casa, sabía siempre las hendiduras donde había percebes, los agujeros entre las rocas donde se podía pescar barbadas en la subida de la marea y los arenales donde abundaban los berberechos. Era un niño extremadamente bondadoso, jamás de enfadaba con nadie y con el que todos los demás queríamos ir de pesca o a jugar.
Desde muy joven se la veía en el muelle embozada en unos amplios pantalones y calzada con altas botas de agua, empataba los anzuelos de los palangres, remendaba las costuras de los trasmallos o reparaba las nasas. Ella vendía el pescado que su padre traía a tierra, ella baldeaba y lampaceaba la cubierta de la chalana y ella era, también, quién salía a mar abierta a virar las redes y las nasas, cuando las resacas tras las borracheras que cogía su padre lo derrotaban, dejándolo tumbado en la cama durante días, impidiéndole zarpar hacia los bancos de pesca.
También era ella la primera mujer en llegar a la atalaya los días de bruma para hacer resonar con sus soplidos la caracola, ayudando a las gamelas a navegar entre la niebla, indicándoles con la cadencia de su melodía la entrada del muelle y evitar que embarrancaran en los arenales o encallaran entre los escollos.
Su padre era un arrogante marinero solitario, de carácter arisco, que se enojaba por cualquier nimiedad, era blasfemo y maltrataba frecuentemente a la muchacha. El alcohol y el tabaco lo habían hecho envejecer prematuramente. Su rostro moreno estaba surcado de profundas arrugas, producidas, muy probablemente, por su eterno gesto de mal humor frunciendo el ceño.
En ocasiones su padre faltaba de casa durante días. Si la mar había sido generosa, tras la venta del pescado en la lonja, con sus bolsillos cargados de dinero, corría a derrocharlo a la casa de Victoria.
Victoria era la única puta conocida del pueblo, estaba soltera y tenía siete hijos, imagino que cada uno de ellos, sería de distinto padre. Su casa estaba situada en una callejuela estrecha y mal iluminada y al anochecer los hombres de acercaban a petar a su puerta. En nuestros juegos de niños, en muchas ocasiones nos apostados al atardecer escondidos tras un carro para espiar a los hombres que acudían a su casa a solicitar sus servicios.
Yo era muy amigo de uno de sus hijos, se llamaba Franco y era, de todos los niños de la aldea, el más diestro en el marisqueo. Conocía las rocas de la costa mejor que su propia casa, sabía siempre las hendiduras donde había percebes, los agujeros entre las rocas donde se podía pescar barbadas en la subida de la marea y los arenales donde abundaban los berberechos. Era un niño extremadamente bondadoso, jamás de enfadaba con nadie y con el que todos los demás queríamos ir de pesca o a jugar.