FREILA: Aquella joven no había tenido infancia, la recuerdo...

Aquella joven no había tenido infancia, la recuerdo desde siempre igual, trabajando diligente en la huerta, en los muelles o pescando embarcada con su padre por las amenazadoras aguas de la Costa de la Muerte; dándonos siempre ejemplo al resto de los rapaces de la aldea con su entrega y tesón.
Allá en la aldea todos los niños que querían llegar a ser hombres el día de mañana, nos formábamos desde niños en el oficio de marineros, desde muy jovencitos aprendíamos a remar y salíamos a pescar en las chalanas, jugábamos con las olas que rompían en la playa emproando nuestras gamelas contra ellas, imaginando que luchábamos contra un gran temporal embarcados en un buque. Mariscábamos berberechos en las playas y los días de mareas vivas, aprovechábamos la bajamar para recoger en las rocas percebes y mejillones.
Así entre juegos inocentes y la ayuda que solíamos prestar a nuestros mayores en sus trabajos, nos ejercitábamos en el único oficio digno para un joven de la aldea, el oficio de marinero.
Sí, en las aldeas de la Costa de la Muerte estaba muy mal visto tener por oficio otro que no fuera el de marino; fuera de los trabajos de la mar sólo se salvaban los médicos, a los que considerábamos gentes muy instruidas. En nuestro pueblo casi nadie podía acudir a su consulta cuando estábamos enfermos, había que pagarles y no teníamos dinero.
Nuestro médico era la Chasca, la partera y nuestras medicinas, las hierbas que ellas nos recetaban. En mi juventud ningún joven de la aldea pudo instruirse en la universidad, por lo tanto, si queríamos ser hombres hechos y derechos, sólo podíamos aspirar a ser un buen marinero y con el tiempo un patrón de un barco de pesca de altura.
Hoy recuerdo apenado lo crueles que éramos, cómo nos reíamos de algunos chicos de nuestra edad, que porque tenían la desgracia de marearse en la mar, abandonaban el oficio de marinero para dedicarse a algún otro trabajo en tierra, como albañil o carpintero de ribera.
Entonces considerábamos que los hombres que no embarcaban estaban condenados a vivir sin salir de la aldea, a casarse y tener una sola luna de miel, a vivir encadenados a una única mujer. No conocerían otros puertos ni otros lechos y no disfrutarían cada vez que arribaran de nuevo a la aldea, después de meses de ausencia, el placer de vivir en cada ocasión una nueva noche de amor con su mujer, cómo si fuera la primera noche de casados, una nueva luna de miel.
La niña quedó huérfana el mismo día en el que nació, su madre murió a consecuencia de una hemorragia durante el parto. En alguna ocasión, yo había oído decir a las comadres más viejas de la aldea, que el verdadero culpable de la muerte de su madre fue su propio padre. Dicen que era un caprichoso y se negó a permitir que su mujer fuera asistida en el alumbramiento por la Chasca, la partera que auxiliaba en todos los nacimientos de la aldea.
A la niña la llamaban Lúa, que quiere decir luz que emana desde la oscuridad de la noche, Luna. Desde muy niña, Lúa estuvo condenada a ser la mujer de la casa, aun cuando no tenía edad para ello.