Tampoco para Amaro pasó desapercibida la presencia de la bella Sarah, instintivamente de sus ojos emanaban a diario miradas furtivas que iban a encontrarse con los tímidos ojos de la joven, reflejándose en su mirada un grácil brillo de alborozo. En el transcurso de los días fue floreciéndose en ellos un bello sentimiento, los dos jóvenes, sin proponérselo, se estaban encontrando por primera vez con las cautivantes sensaciones que despierta el amor.
Cierto día, tras la conclusión de los trabajos, el maestro de obras sabedor de los sentimientos que anidaban en el corazón de Amaro, emplazó al joven aprendiz, invitándolo a dar un paseo por el cercano bosque para platicar relajadamente. El maestro habló con crudeza al joven, expresándole que había descubierto sus sentimientos hacia la joven y le previno paternalmente, aclarándole que su situación, de seguir madurando esos afectos, podría acarrearle conflictos de difícil solución.
Era notorio que se estaba enamorando de la joven princesa y le explicó que la chica pertenecía a un mundo diferente al suyo, que ella era muy rica y por tanto, una esclava de sus metales; contrariamente a él, que era pobre y libre de ataduras materiales. Le recordó que el día de su iniciación en el oficio de cantero, se había presentado ante el resto de sus compañeros del taller, vestido humildemente, como si fuera un indigente, despojado de todo tipo de metales y prometiendo ante el volumen de la ley sagrada que su principal riqueza residiría en vivir libre de ataduras, llevando una vida honesta en armonía con su conciencia. Le expresó con cruda claridad que la joven era dueña de castillos, de tierras y aldeas, y que él, solamente poseía un pequeño templo casi imperceptible para el resto de los humanos, un templo llamado mundo, que abarca desde el fondo de la tierra hasta el firmamento estrellado, un templo sin dimensiones medibles, que nace cada mañana en el oriente y alcanza cada atardecer hasta los confines del occidente.
Cierto día, tras la conclusión de los trabajos, el maestro de obras sabedor de los sentimientos que anidaban en el corazón de Amaro, emplazó al joven aprendiz, invitándolo a dar un paseo por el cercano bosque para platicar relajadamente. El maestro habló con crudeza al joven, expresándole que había descubierto sus sentimientos hacia la joven y le previno paternalmente, aclarándole que su situación, de seguir madurando esos afectos, podría acarrearle conflictos de difícil solución.
Era notorio que se estaba enamorando de la joven princesa y le explicó que la chica pertenecía a un mundo diferente al suyo, que ella era muy rica y por tanto, una esclava de sus metales; contrariamente a él, que era pobre y libre de ataduras materiales. Le recordó que el día de su iniciación en el oficio de cantero, se había presentado ante el resto de sus compañeros del taller, vestido humildemente, como si fuera un indigente, despojado de todo tipo de metales y prometiendo ante el volumen de la ley sagrada que su principal riqueza residiría en vivir libre de ataduras, llevando una vida honesta en armonía con su conciencia. Le expresó con cruda claridad que la joven era dueña de castillos, de tierras y aldeas, y que él, solamente poseía un pequeño templo casi imperceptible para el resto de los humanos, un templo llamado mundo, que abarca desde el fondo de la tierra hasta el firmamento estrellado, un templo sin dimensiones medibles, que nace cada mañana en el oriente y alcanza cada atardecer hasta los confines del occidente.