El párroco de una iglesia tiene sospechas de que el sacristán le está robando las limosnas de la iglesia, así que lo afronta durante su confesión:
-Mira, Ramón, ya que estamos bajo el sacramento de confesión y lo que digas se quedará conmigo... dime, hijo, ¿quién está robando las limosnas de la iglesia?
- ¿Qué dice, padre? No se oye.
-Ramón, hijo, tú sabes a qué me refiero. Dime, ¿quién está robando las limosnas de la iglesia?
-Padre, ¿qué dice? ¡No se oye nada!
- ¿Cómo que no se oye? No me tomes por tonto.
-Padre, de verdad, venga usted para este lado y lo comprobará.
Los dos cambian de lugar y el sacristán le dice:
-A ver, padre: ¿quién se está tirando a la esposa del panadero y a la secretaria de la iglesia?
-Tienes razón, hijo, desde aquí no se escucha absolutamente nada.
-Mira, Ramón, ya que estamos bajo el sacramento de confesión y lo que digas se quedará conmigo... dime, hijo, ¿quién está robando las limosnas de la iglesia?
- ¿Qué dice, padre? No se oye.
-Ramón, hijo, tú sabes a qué me refiero. Dime, ¿quién está robando las limosnas de la iglesia?
-Padre, ¿qué dice? ¡No se oye nada!
- ¿Cómo que no se oye? No me tomes por tonto.
-Padre, de verdad, venga usted para este lado y lo comprobará.
Los dos cambian de lugar y el sacristán le dice:
-A ver, padre: ¿quién se está tirando a la esposa del panadero y a la secretaria de la iglesia?
-Tienes razón, hijo, desde aquí no se escucha absolutamente nada.