A finales del siglo XIX, Japón, un país que apenas unas décadas antes había salido de la Edad Media, se estaba convirtiendo a pasos agigantados en una gran potencia. Gracias al apoyo británico, que veía al estado del sol naciente como un aliado contra Rusia, pudo construir una marina de guerra de la nada. Cuando Rusia se dio cuenta del peligro ya era demasiado tarde. El caduco imperio de los zares tenía ya sus días contados, pero antes el mundo habría de asistir asombrado a una histórica y formidable demostración de la nueva potencia japonesa ignorada hasta entonces.