Fuera del recinto amurallado estaba apostado un ejército de unos 6000 guerreros, originarios de Cuilco, Ixtlahuacán y Zaculeu, dispuestos a rechazar a los invasores. Gonzalo de Alvarado envía contra ellos a la infantería, que pronto se encontró en grave aprieto por la lluvia de saetas, piedras y lanzas que les arrojaban los defensores. Los guerreros mames lograron matar 40 hombres de las tropas auxiliares, e hirieron a ocho infantes españoles. Avanza entonces Alonso de Luarca con la caballería por el ala izquierda del ejército enemigo y «lo rompió por muchas parte atropellándoles al choque con espantosa furia; haciendo cada jinete muy ancho campo por donde acometía, y todos juntos estrago lamentable con las lanzas» (Fuentes y Guzmán). Durante la carga, mueren tres caballos, que los capitanes castellanos valoraban más que a sus mismos infantes. Gonzalo de Alvarado ataca entonces con la infantería y los "indios amigos", y aunque resulta herido, termina por desbaratar por completo a los mames, que dejando a más de trescientos de los suyos muertos en el campo de batalla se tienen que replegar a la fortaleza. En esta batalla los castellanos hicieron un rico botín con las piezas de oro (patenillas) que arrancaron de los cuellos y vestimentas de los naturales muertos. Fue entonces cuando Gonzalo de Alvarado decide establecer un campamento a 5 kilómetros de la fortaleza y así se funda la ciudad de Huehuetenango. Los españoles inician el asedio del recinto, cortando todos sus suministros. Varias semanas después, Caibil Balam, carente de víveres —los sitiados habían llegado a comer los cadáveres de sus compañeros muertos—, solicitó la paz y se entregó con los suyos a Gonzalo de Alvarado, quien los trató con gran miramiento. En octubre de 1525, después de cuatro meses de campaña, los expedicionarios españoles regresaron a su base de Santiago de los Caballeros.