Este acto despertó las iras del pueblo cuscatleco. El cacique Atacatl “El Joven” (su existencia también está discutida en la actualidad y es posible que se trate de un cargo más que de un personaje) y sus soldados estaban dispuestos a vengarse o a morir. Ante la incapacidad de llamar a sumisión a los rebeldes, Pedro de Alvarado convocó al hijo del rey asesinado. La respuesta del noble cuscatleco es histórica: “Si queréis las armas, venid a traerlas a las montañas”. Iracundo, Pedro de Alvarado mandó atacar a los pipiles infructuosamente en las serranías: perdió once caballos, algunos soldados españoles, gran número de nativos de las tropas auxiliares y su calidad de capitán invicto. Don Pedro confiesa así su derrota en la capital de los pipiles: “Sobre estos indios de Cuzcatlán, que estuve diecisiete días, que nunca por entradas que mandé hacer, ni por mensajes que les hice, como he dicho, los pude atrar por la mucha espesura de los montes y grandes sierras y quebradas y otras muchas tierras que tenían”.