Las oquedades resonaron, y pareció que tenía razón. Pero ¡ojalá no lo hubiera hecho!.
En ese momento entró en escena Sinón, el actor, que había sido capturado por unos pastores troyanos cuando se hacía pasar por un desertor del ejército griego. Todos lo rodearon, y él comenzó su interpretación:
- Ya sé que me vais a matar, pero aun así, os tengo que contar qué es lo que hago aquí. Me he escapado del ejército griego porque Ulises me odiaba y quería sacrificarme en honor de Minerva, a ver si les daba suerte en la guerra. Se conoce que como no me encontraron, pensaron que tenían todas las de perder, y se marcharon ofreciendo a la diosa este tributo. Ahora, si queréis, matadme. Estáis en vuestro derecho, y yo lo tengo merecido.
No sólo no lo mataron, sino que los convenció.
Por si alguno de los Troyanos dudaba todavía, ocurrió un prodigio inaudito. Vinieron desde la isla de Ténedos dos serpientes enormes, que al llegar a la playa se dirigieron hacia Laocoonte y sus hijos y los devoraron. Todos pensaron que era el justo castigo por el sacrilegio que había cometido al alancear el caballo.
En ese momento entró en escena Sinón, el actor, que había sido capturado por unos pastores troyanos cuando se hacía pasar por un desertor del ejército griego. Todos lo rodearon, y él comenzó su interpretación:
- Ya sé que me vais a matar, pero aun así, os tengo que contar qué es lo que hago aquí. Me he escapado del ejército griego porque Ulises me odiaba y quería sacrificarme en honor de Minerva, a ver si les daba suerte en la guerra. Se conoce que como no me encontraron, pensaron que tenían todas las de perder, y se marcharon ofreciendo a la diosa este tributo. Ahora, si queréis, matadme. Estáis en vuestro derecho, y yo lo tengo merecido.
No sólo no lo mataron, sino que los convenció.
Por si alguno de los Troyanos dudaba todavía, ocurrió un prodigio inaudito. Vinieron desde la isla de Ténedos dos serpientes enormes, que al llegar a la playa se dirigieron hacia Laocoonte y sus hijos y los devoraron. Todos pensaron que era el justo castigo por el sacrilegio que había cometido al alancear el caballo.