Ulises y los Gigantes
Después de luchar frenéticamente contra las inclemencias del tiempo durante seis largos días, los navegantes fueron bendecidos por un sol radiante y un mar en calma. A lo lejos divisaron tierra y Ulises, ordenó remar con vigor hasta alcanzar la orilla de lo que parecía una hermosa isla. Había allí un puerto natural, de aguas tranquilas y fondearon las naves, menos la de Ulises, que como precaución la dejó fuera del puerto, amarrada a una roca.
Ulises, movido por la curiosidad, trepó hasta la roca más alta para tratar de ver que clase de lugar era ese. Solo divisaron algunas columnas de humo. Entonces decidió enviar a tres hombres a explorar el lugar.
Siguiendo las huellas de los carros, atravesaron montes hasta toparse con las puertas del reino. Allí, encontraron a una bella joven que peinaba sus largos cabellos junto a una fuente. Por sus palabras, reconocieron que se encontraban frente a la hija del rey de la isla. Ella amablemente, ofreció conducirlos junto a su madre, la reina.
Enorme fue su sorpresa cuando vieron que esa isla estaba habitada por enormes gigantes que se alimentaban con carne humana. La reina, era una mujer horrible, de mirada siniestra e imponente tamaño. Al ver a los tres hombres, le brillaron los ojos e inmediatamente llamó a su esposo, el rey.
El monarca, ni lerdo ni perezoso, se abalanzó sobre los hombres lanzando fuertes gritos y tomando a uno de ellos por la cintura, le dio un golpe y luego lo engulló de un bocado. Los otros dos hombres, huyeron espantados corriendo tan rápido como sus pies se lo permitían para advertir al resto de los navegantes de la situación.
Pero, tras ellos corrieron un grupo de monstruosos caníbales, dispuestos a darse un banquete. Al llegar al puerto, los gigantes arrojaron rocas contra las naves, hundiéndolas rápidamente y a los hombres heridos o moribundos, los arrastraron hasta sus casas para darse un festín.
Ulises, presenció la tragedia horrorizado por la mala suerte de sus hombres y viendo que nada podía hacer contra esos enemigos de fuerza colosal, se dirigió a su nave, la única que se salvó del desastre, cortó la amarra y dio la orden de remar con fuerza a sus hombres para alejarse lo más rápido posible de esa isla siniestra
Después de luchar frenéticamente contra las inclemencias del tiempo durante seis largos días, los navegantes fueron bendecidos por un sol radiante y un mar en calma. A lo lejos divisaron tierra y Ulises, ordenó remar con vigor hasta alcanzar la orilla de lo que parecía una hermosa isla. Había allí un puerto natural, de aguas tranquilas y fondearon las naves, menos la de Ulises, que como precaución la dejó fuera del puerto, amarrada a una roca.
Ulises, movido por la curiosidad, trepó hasta la roca más alta para tratar de ver que clase de lugar era ese. Solo divisaron algunas columnas de humo. Entonces decidió enviar a tres hombres a explorar el lugar.
Siguiendo las huellas de los carros, atravesaron montes hasta toparse con las puertas del reino. Allí, encontraron a una bella joven que peinaba sus largos cabellos junto a una fuente. Por sus palabras, reconocieron que se encontraban frente a la hija del rey de la isla. Ella amablemente, ofreció conducirlos junto a su madre, la reina.
Enorme fue su sorpresa cuando vieron que esa isla estaba habitada por enormes gigantes que se alimentaban con carne humana. La reina, era una mujer horrible, de mirada siniestra e imponente tamaño. Al ver a los tres hombres, le brillaron los ojos e inmediatamente llamó a su esposo, el rey.
El monarca, ni lerdo ni perezoso, se abalanzó sobre los hombres lanzando fuertes gritos y tomando a uno de ellos por la cintura, le dio un golpe y luego lo engulló de un bocado. Los otros dos hombres, huyeron espantados corriendo tan rápido como sus pies se lo permitían para advertir al resto de los navegantes de la situación.
Pero, tras ellos corrieron un grupo de monstruosos caníbales, dispuestos a darse un banquete. Al llegar al puerto, los gigantes arrojaron rocas contra las naves, hundiéndolas rápidamente y a los hombres heridos o moribundos, los arrastraron hasta sus casas para darse un festín.
Ulises, presenció la tragedia horrorizado por la mala suerte de sus hombres y viendo que nada podía hacer contra esos enemigos de fuerza colosal, se dirigió a su nave, la única que se salvó del desastre, cortó la amarra y dio la orden de remar con fuerza a sus hombres para alejarse lo más rápido posible de esa isla siniestra