En 1893, dejando tras de si a su esposa y una pequeña hija de seis meses, se embarcó hacia el Ártico, dejándose atrapar por los hielos polares en setiembre de 1893 a la altura de la latitud 78º 30’ N, iniciándose de esta forma uno de los más extraños y recordados viajes en barco. La presión del hielo, tal como tenía previsto Nansen, hacía elevar el buque, tras lo que, debido a su enorme peso de más de 400 toneladas, rompía el hielo y volvía a flotar. Este fenómeno es empleado hoy en día en los modernos y acorazados rompehielos.