El monstruo, además de atemorizar a los trabajadores, hizo lo mismo con la población, que corrió desesperada buscando refugio donde resguardarse de la furia del animal, que sobrevolaba el pueblo en círculos emitiendo unos temibles sonidos parecidos a los graznidos de un cuervo. En pocos minutos, uno de los trabajadores, John Tallantire, se armó de valor y con una vara de serbal, árbol que se creía poseía propiedades mágicas, se enzarzó en una feroz lucha con el monstruoso engendro en el patio de la iglesia, hasta que al final, tras una ardua batalla en la que casi pierde la vida, logró acabar con el presunto basilisco para siempre. En las crónicas recogidas en la iglesia se cuenta que este hombre fue recompensado por el agradecido pueblo, quien le dio control absoluto de su cabaña y lo eximieron de pagar las cuotas parroquiales de por vida. Toda una muestra de agradecimiento y generosidad para la época.