Los sehikhs, un pueblo afgano del triángulo Balkh-Chitral-Ghazni, guardaban celosamente esta raza, a la que consideraba como uno de sus tesoros nacionales. Había grandes dificultades para adquirir ejemplares de perro afgano y las pocas personas que conseguían persuadirlos de entregar uno de ellos se encontraban con un gran obstáculo: las rigurosas reglas contra la exportación, puesto que se consideraba que todos los galgos afganos pertenecían al monarca.