A los fines de asegurar su posición de poder, persiguió con ensañamiento a los políticos más importantes que le rodeaban, apoderándose sistemáticamente –tras la defenestración de los mismos– de sus posesiones y riquezas. Estas prácticas persecutorias se basaban en la Lex Majestatis (Ley de Majestad), promulgadas durante su mandato. Esta ley le otorgaba plenos poderes y le permitía acabar con la vida y los bienes de cualquiera.