Desde muy joven, la existencia de Catalina revela un drama doméstico. Rechaza la autoridad del padre, estrecha alianzas y amistades con indios y criollos indeseables, se refugia en el seno de su nana indígena con la que oficia sahumerios y ensalmos y prepara alambiques y conjuros, defiende con denuedo a su madre, también acusada de brujerías, de la violencia patriarca. “Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara”, es frase que pone la tradición en boca de una joven precoz y autoritaria, capaz ya en la adolescencia de maltratar a sus esclavos y desordenar la jerarquía familiar y social. Y sobre todo de jugar cruelmente con los incautos amantes, hasta hacerlos desaparecer de la faz de la tierra con la complicidad de su machi araucana. Su figura se tambalea entre una heroica feminista así como una cruel asesina.