El fin de sus carrera asesina llegó durante la madrugada del 28 de junio de 1993. Rifkin manejaba una camioneta a gran velocidad y es interceptado por la policía. Al acercarse a la parte posterior, los oficiales descubren un envoltorio de plástico, atado con cuerdas, largo y delgado, que contenía un cuerpo de mujer en estado de descomposición. Joel Rifkin ayudó a la identificación: era Tiffany Bresciani, una prostituta con quien había tenido sexo, según él, y que luego asesinó. Su intención era arrojar el cuerpo cerca del aeropuerto. Una vez arrestado confesó la autoría de 17 asesinatos. Con el permiso de su madre allanaron su cuarto y allí encontraron docenas de tarjetas de conducir, una cadena con sangre humana, asimismo, los vecinos aseguraron que era habitual que hubiera olores fétidos provenientes de la casa de los Rifki pero que normalmente eran atribuidos a los fertilizantes que Joel usaba en sus trabajos de jardinería. En realidad, eran de los cuerpos que el asesino muchas veces llevaba primero a su casa y luego tiraba. En la cárcel, Joel explicó al psiquiatra que tenía visiones, que sabía que moriría a los 64 años de edad, igual que su padre, y que cuando mató a la última víctima, esa era la última porque era la número 17, y él tenía 34 años, el doble. Su gusto por matar prostitutas se debía a que no quería que su padre estuviera sólo, entonces las mataba para que le hicieran compañía.