El caso ha sacudido a Francia. Pero sobre todo a los habitantes de Villers-au-Tertre, una pequeña comuna campestre de 620 habitantes, una docena menos de los que hubiera tenido sin la pavorosa actuación de Dominique. El alcalde del pueblo, Patrick Mercier, como casi siempre en estos casos, aseguró a la prensa que la pareja parecía llevar una vida relativamente normal, discreta, como la del resto de los vecinos. Les conocía bien porque el marido cumplía su tercera legislatura en el seno del consejo municipal. Es «alguien respetable». La esposa «salía muy poco», cohibida por su generosa corpulencia.