Las hembras ponen allí finalmente sus huevos, pero sus tribulaciones no han terminado aún; ahora deberán escalar hasta la cima del volcán y recorrer luego la larga distancia que separa dicha cima de sus áreas de deambulación habituales. Ni siquiera el éxito en la puesta está asegurado, no siendo raro que las erupciones destruyan todos los huevos; menos asegurada aún está la vida de las vulnerables crías que, cuando eclosionen cien días más tarde, se encontrarán con un hueste de busardos ávidos de iniciar lo que para ello es el mauro festín del año.