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A los lomos de un hipopótamo

Esta situación es aprovechada por las crías de cocodrilo, que no dudan en subirse al lomo de los hipopótamos para quedar fuera del alcance de sus congéneres, que los atacarían sin piedad, pues constituyen un rico bocado para sus estómagos hambrientos.

Los pequeños cocodrilos dependen absolutamente de la madre al nacer. Esta los transporta dentro de su boca o sobre la cabeza, hasta el agua, donde los limpia y protege de cualquier ataque que pudiesen sufrir por parte de los grandes machos. No obstante, a los pocos meses las crías se independizan progresivamente hasta perder todo contacto con la madre, aunque, con sus escasos 40 ó 50 cm de longitud, aún resultan muy pequeñas y vulnerables a los ataques de los adultos. Por ello, el benjamín de la familia se siente más seguro tomando el sol sobre la superficie del gran herbívoro anfibio que junto a sus congéneres.

Así, los jóvenes cocodrilos, aspirantes a superdepredadores con el paso de los años, se ponen a salvo de los padres sin pagar peaje alguno al convertirse en pasajeros habituales de estos trolebuses naturales.