UNA MALA FAMA INJUTIFICADA
En muchas de las mitologías amerindias el puma era honrado por su sigilo y su astucia. Los primeros pobladores de América le dieron distintos nombres, entre ellos el de pantera y león de las montañas; el segundo apelativo fue el que utilizaron los conquistadores españoles, pero curiosamente hoy e emplea más a menudo en Inglés que en castellano, porque en esta última lengua suele utilizarse el nombre que le dieron los incas: “pu7ma”, que en quechua significa fuerte y poderoso.
Para los antiguos amerindios matar a uno de estos animales con sus armas más bien artesanal, suponía una auténtica proeza. No fue así, en cambio, para los europeos que en los siglos XV y XVI llegaron a estas tierras armados con fusiles y escopeta. Ansiosos de eliminar cualquier elemento que se opusiera sus designios civilizadores, los pioneros encontraron en el puma uno de los símbolos más preclaros de una naturaleza salvaje que tenía que ser dominada a toda costa. De este modo, y a pesar de que el puma no suponía un gran peligro para hombres pertrechados con armas de pólvora, se iniciaron matanzas de una magnitud desconocida hasta entonces.
En cuanto a las agresiones contra el hombre, suele decirse que el puma es un animal especialmente sanguinario. Todavía hoy, en algunos países como la Guayana francesa, donde este animal recibe el nombre de tigre roo, el puma es más temido que el jugar. Sin embargo, en todo el siglo XX los ataques al hombre que se saldaron con un fatal desenlace no deben superar la docena. De hecho, en Canadá y Estados Unidos, donde se han documentado 53 ataque perpetrados por pumas entre 1890 y 1990, tan sólo 9 fueron mortales. En la mayoría de los casos, según se reconoce hoy, se trataba de animales malheridos que no podrían alimentarse normalmente o bien de pumas afectados por la rabia y, por lo tanto, excepcionalmente agresivos.
En muchas de las mitologías amerindias el puma era honrado por su sigilo y su astucia. Los primeros pobladores de América le dieron distintos nombres, entre ellos el de pantera y león de las montañas; el segundo apelativo fue el que utilizaron los conquistadores españoles, pero curiosamente hoy e emplea más a menudo en Inglés que en castellano, porque en esta última lengua suele utilizarse el nombre que le dieron los incas: “pu7ma”, que en quechua significa fuerte y poderoso.
Para los antiguos amerindios matar a uno de estos animales con sus armas más bien artesanal, suponía una auténtica proeza. No fue así, en cambio, para los europeos que en los siglos XV y XVI llegaron a estas tierras armados con fusiles y escopeta. Ansiosos de eliminar cualquier elemento que se opusiera sus designios civilizadores, los pioneros encontraron en el puma uno de los símbolos más preclaros de una naturaleza salvaje que tenía que ser dominada a toda costa. De este modo, y a pesar de que el puma no suponía un gran peligro para hombres pertrechados con armas de pólvora, se iniciaron matanzas de una magnitud desconocida hasta entonces.
En cuanto a las agresiones contra el hombre, suele decirse que el puma es un animal especialmente sanguinario. Todavía hoy, en algunos países como la Guayana francesa, donde este animal recibe el nombre de tigre roo, el puma es más temido que el jugar. Sin embargo, en todo el siglo XX los ataques al hombre que se saldaron con un fatal desenlace no deben superar la docena. De hecho, en Canadá y Estados Unidos, donde se han documentado 53 ataque perpetrados por pumas entre 1890 y 1990, tan sólo 9 fueron mortales. En la mayoría de los casos, según se reconoce hoy, se trataba de animales malheridos que no podrían alimentarse normalmente o bien de pumas afectados por la rabia y, por lo tanto, excepcionalmente agresivos.