Meses después, al comparar esta pulsación con la que emite el tubo más bajo de un órgano de iglesia, la investigadora dedujo que los elefantes podrían estar utilizando infrasonidos. Tras efectuar una serie de grabaciones en zoológicos, en las que registró múltiples voces que los seres humanos no podemos oír, Payne decidió verificar sus hallazgos en el terreno y colaborar con Joyce Poole en el Parque Nacional de Amboseli. Una vez allí, tras centenares de grabaciones, determinó que los seres humanos sólo escuchan la tercera parte de lo que los elefantes se comunican entre sí. De un modo similar a lo que sucede con la ballena azul y el rorcual común, el resto de estos mensajes se emite a menos de 30 hertzios, es decir, a una frecuencia indetectable por nuestros oídos. Durante meses, las dos investigadoras acumularon horas de grabación de ondas sonoras e infrasonoras que les permitieron explicar por qué, cuando un elefante es abatido por un cazador, los grupos familiares que hasta entonces pacían plácidamente huyen, perfectamente coordinados hacia lugares más seguros.