A fines de los años setenta Moss y su colaboradora Joyce Poole descubrieron que, en lugar de errar sin rumbo por su área de deambulación, los machos sexualmente inactivos formaban asociaciones laxas, aunque regulares y armoniosas, en “zonas de retiro” muy concretas, alimentándose a menudo juntos. Cuando se sienten amenazados, sin embargo, no suelen formar grupos de defensa como las hembras, ya que no están vinculados por el parentesco. Por lo demás, los machos recorren centenares de kilómetros con la única finalidad de reproducirse. Según Iain Douglas-Hamilton, ellos son quienes aseguran el contacto entre las distintas poblaciones del continente y quienes garantizan el trasiego genético de la especie desde tiempos inmemoriales.