Sólo cuando Elsie y Francisca fueron señoras de mayor de edad, cerca del año 1980, admitieron que los duendes de Cottingley eran en realidad personas de pequeña estatura: se trataba de niños mendigos. Pero muy pocos creyeron estas confidencias, realizadas en el lecho de muerte de las damas.
El incidente de Cottingley revivió la fe en duendes y hadas, que desembocó en la “Edad Dorada” del arte visual y la literatura sobre estas criaturas feéricas.
No exenta de ironía, comentó Elsie antes de morir que las fotografías -que serían la prueba más fehaciente de la existencia de los duendes- impiden en realidad observar con claridad el tamaño y la estatura de los mismos... Y que ahí estuvo el truco.
El incidente de Cottingley revivió la fe en duendes y hadas, que desembocó en la “Edad Dorada” del arte visual y la literatura sobre estas criaturas feéricas.
No exenta de ironía, comentó Elsie antes de morir que las fotografías -que serían la prueba más fehaciente de la existencia de los duendes- impiden en realidad observar con claridad el tamaño y la estatura de los mismos... Y que ahí estuvo el truco.