Años atrás, la utilidad práctica de esa construcción tan idealizada como fue la del “caballero” era una certeza historiográfica. Monarcas como Felipe II tuvieron interés por recuperar la caballería villana y restablecer sus sistemas de representación. Fleckenstein sostiene que hubo una evolución y multiplicidad convergente de caballerías: la militar, la cristiana, la villana, la cortesana; esta clase nació en las cortes reales y principescas que, en vez de combates, reclamaba juegos, competiciones y un comportamiento educado. De esta manera “la caballería sumió el liderazgo cultural del mundo cristiano, además del militar, ejercido hasta entonces”. Porque a partir de los lazos de vasallaje se habían fusionado las concepciones de vasallus, caballarius (guerrero a caballo) y miles (soldado).