No tardaron en llegar una serie de clientes atraídos por la ganancia fácil con su onza de oro y algunos con algunas más, rogando a Doña Baldomera que aceptase aquellos dineros y que hiciese el mismo milagro que a su vecina. Ella aceptó los dineros, entregándoles un recibo. Cumplió religiosamente devolviendo sus ganancias a sus "impositores", lo que le proporcionó más clientela todavía al correrse la voz.