La maldición del Rey-Dios
Con buen criterio se presume que la mayoría de las tumbas de los reyes dinásticos del antiguo Egipto contenían advertencias de esta naturaleza. Asimismo, se sabe que casi todos los sepulcros se convirtieron en cámaras vacías de momias, estelas, vajillas de semillas y naturalmente, objetos preciosos. Por esa razón fundamental no se sabrá nunca que terribles consecuencias padecieron los que desoyeron las advertencias de los sumos sacerdotes.
Todo lo que el siglo XX podía conocer en su primera década se basaba en leyendas, en narraciones de boca en boca que contaban los padecimientos de tal o cual saqueador de tumbas, o en maldiciones que acompañaban a un objeto determinado hallado en una cámara funeraria, al lado de una momia. Efectivamente, las cosas se desarrollaron de esa manera ambigua, hasta esa tarde de viernes en que Carter y su séquito de arqueólogos y funcionarios penetraron en la tumba donde Tutankamon había descansado lejos del mundo de los vivos durante 3.259 años.
Unos meses antes cuando Carter descubrió el pasillo en cuyo extremo se encontraba el recinto del faraón, los habitantes del desierto se alarmaron. Por esos días una cobra (animal protector de los sacerdotes egipcios) se había comido al canario de Carter y lo que para el no paso de ser una tristeza, para los herederos de las antiguas civilizaciones del Nilo, era un anuncio de futuras catástrofes.
Unas semanas después del ingreso a la cámara mortuoria, cuando el mundo de la arqueología celebraba el triunfo de uno de los suyos, el ambiente del ocultismo se disponía a comenzar una década tan brillante como el oro de la mascarilla del legendario Rey-dios. Lord Carnarvon, dandy ingles, amante de la buena vida y las aventuras, socio capitalista de Carter en sus andanzas egipcias, muere en un hospital de El Cairo. Uno de los primeros en ingresar a la tumba de Tutankamon, fue picado por un mosquito en la cara; se le formo una herida infecciosa; entro en la suerte de coma febril y a los trece días murió para horrorizar a los egipcios que auguraban las maldiciones del faraón. Antes de expirar Caranvon le informo a su hermana que Tutankamon lo había llamado y que iba a reunirse con él. En ese mismo momento, en Inglaterra, el perro del filántropo moría fulminado por un infarto.
Con buen criterio se presume que la mayoría de las tumbas de los reyes dinásticos del antiguo Egipto contenían advertencias de esta naturaleza. Asimismo, se sabe que casi todos los sepulcros se convirtieron en cámaras vacías de momias, estelas, vajillas de semillas y naturalmente, objetos preciosos. Por esa razón fundamental no se sabrá nunca que terribles consecuencias padecieron los que desoyeron las advertencias de los sumos sacerdotes.
Todo lo que el siglo XX podía conocer en su primera década se basaba en leyendas, en narraciones de boca en boca que contaban los padecimientos de tal o cual saqueador de tumbas, o en maldiciones que acompañaban a un objeto determinado hallado en una cámara funeraria, al lado de una momia. Efectivamente, las cosas se desarrollaron de esa manera ambigua, hasta esa tarde de viernes en que Carter y su séquito de arqueólogos y funcionarios penetraron en la tumba donde Tutankamon había descansado lejos del mundo de los vivos durante 3.259 años.
Unos meses antes cuando Carter descubrió el pasillo en cuyo extremo se encontraba el recinto del faraón, los habitantes del desierto se alarmaron. Por esos días una cobra (animal protector de los sacerdotes egipcios) se había comido al canario de Carter y lo que para el no paso de ser una tristeza, para los herederos de las antiguas civilizaciones del Nilo, era un anuncio de futuras catástrofes.
Unas semanas después del ingreso a la cámara mortuoria, cuando el mundo de la arqueología celebraba el triunfo de uno de los suyos, el ambiente del ocultismo se disponía a comenzar una década tan brillante como el oro de la mascarilla del legendario Rey-dios. Lord Carnarvon, dandy ingles, amante de la buena vida y las aventuras, socio capitalista de Carter en sus andanzas egipcias, muere en un hospital de El Cairo. Uno de los primeros en ingresar a la tumba de Tutankamon, fue picado por un mosquito en la cara; se le formo una herida infecciosa; entro en la suerte de coma febril y a los trece días murió para horrorizar a los egipcios que auguraban las maldiciones del faraón. Antes de expirar Caranvon le informo a su hermana que Tutankamon lo había llamado y que iba a reunirse con él. En ese mismo momento, en Inglaterra, el perro del filántropo moría fulminado por un infarto.