La observancia adecuada de estas reglas complacía al alma del animal muerto que se reencarnaba y permitía que lo volvieran a cazar. Por otra parte, la no observancia de los procedimientos prescritos podía conducir a la escasez de la caza y a que el alma del animal se convirtiera en un espíritu peligroso. En otras palabras, era posible que el mismísimo alimento del que dependía el hombre pasara a ser una fuente de desgracias. El sistema de tabúes permitía que la matanza de animales fuera una actividad sin peligros además de asegurar el éxito en las futuras cacerías.