Una vez que un oso había sido muerto, se le tendía de espaldas, el cazador le daba las gracias y colocaba una ofrenda de tabaco sobre su pecho. Después se celebraba una fiesta a la que se invitaba a todos los hombres del grupo de cazadores y se colocaban en el fuego pequeñas porciones de carne como ofrendas para asegurar el éxito de cazas futuras. El cráneo pintado y las patas delanteras del oso, envueltos en tela o en corteza de abedul, se ataban a un árbol y permanecían allí cuando el grupo dejaba el campamento.