Un cátaro traidor indicó a los sitiadores un camino que les permitió llegar hasta los pies de la fortaleza. Allí instalaron una catapulta que de día y de noche lanzaba bloques de piedra al interior del castillo. En vano intentaron los sitiados destruir la máquina infernal, y por fin Pierre Roger y Ramón de Perella anunciaron la rendición, que les fue concedida así como la vida a todos aquellos que renunciasen a su fe cátara.