Simplificando mucho sus creencias, podemos decir que eran descendientes del maniqueísmo, según el cual el bien estaba separado del mal como la luz de la oscuridad. Consideraban al hombre como un campo de batalla donde el dios de la luz y el de las tinieblas se enzarzaban en un combate sin cuartel. La materia, creación exclusiva del mal, debía desaparecer, y para permitir que el alma se liberase los cátaros seguían una vida casta y se alimentaban lo menos posible. Steven Runciman dice que si la cosa hubiese sido posible los cátaros habrían deseado el suicidio de la raza humana, sea directamente, sea absteniéndose de procrear hijos.