Las controversias de la década se resumieron en el celebre "juicio del simio", de 1925, en el cual John T. Scopes fue enjuiciado por enseñar la teoría de Darwin acerca de la evolución en las escuelas públicas de Tennessee. En su última gran cruzada, William Jennings Bryan prestó su ayuda al fiscal, afirmando la verdad literal del relato bíblico de la creación. Scopes fue defendido por Clarence Darrow, famoso agnóstico y abogado procesal que expuso al ridículo público el fundamentalismo de Bryan. El juicio fue objeto de atención nacional pues sintetizó el gran cisma cultural de los años veinte: el choque entre ias ideas modernas y los valores tradicionales.