Siempre hablaban con voz varonil y sin mover los labios, lo cual causaba enorme impresión (cfr. Pp. 42-43). "A veces el cuerpo de los pobrecitos se inflaba de modo que parecía que iba a estallar, y vomitaban espuma, plumas y musgo, mientras sus vestidos se cubrían con esas mismas plumas que apestaban toda la casa (p. 83).