El espectáculo no puede ser más pavoroso: Miles de ex-vivos, con sus ropas cotidianas (Costumbre mejicana.) están parados frente a la curiosidad del público, con todo su pelo, músculos y piel. Con un peso mucho menor que en vida por la deshidratación, pero incluso con sus globos oculares velados, mirando al vacío. Allí puede verse al farmacéutico que murió hace 6 meses y a la nena tuberculosa que hace poco iba a la escuela. Pero el tema que nos interesa a nosotros es la Catalepsia. 123 momias arañándose la cara, mordiéndose las muñecas, hundiéndose los ojos, en posiciones fetales, en una coreografía del Dolor Extremo, muestran a cualquiera (No hace falta ser un experto.) que ese fue víctima de un Entierro Prematuro. Pero la joya (perdón, me extralimité.) de aquel reducto es una madre que parece gritar en su rostro acartonado y que tiene entre sus piernas, unido aún por un cordón umbilical como de cuero a un recién nacido que también parece dar alaridos, como un obsceno juguete.