El ministro visitó la casa del chico y presenció algunas de las manifestaciones. Pero aunque a primera vista parecían inexplicables, como las raspaduras en la pared en presencia del chico, había siempre la posibilidad –dijo– de que el propio muchacho produjese de algún modo los ruidos. Siempre impulsado por su escepticismo, el pastor llevó al chico a pasar una noche, la del 17 de febrero, a su propia casa. Y allí, ante sus propios ojos, se produjeron las dos manifestaciones que, a su entender, estaban más allá de cualquier explicación natural. En una de éstas, el jergón del chico se deslizó por el suelo, teniendo él las manos destapadas y rígido el cuerpo. En la otra, el pesado sillón en el que estaba el muchacho sentado inmóvil, se inclinó y cayó, ante los asombrados ojos del pastor. Éste trató de hacer caer el sillón, estando sentado en él, pero no lo consiguió. El caso produjo reacciones tales como la de unos vecinos de la familia del muchacho, que rociaron con agua bendita los alrededores de la casa. Según se dijo, el escepticismo de algunos vecinos de Mount Rainier se desvaneció de pronto cuando, después de haberse burlado del asunto, invitaron al chico y a su madre a pasar una noche en sus propias casas «no encantadas» y vieron, asombrados, cómo se producían algunas manifestaciones ante sus propios ojos, tales como las violentas y, al parecer, involuntarias sacudidas de la cama del muchacho.