Corría el año 33 de nuestra era cuando en la ciudad de Jerusalén fue crucificado por los romanos un hombre que decía ser el Mesías. Según los testamentos canónicos, los pertenecientes al canon del Nuevo Testamento y aceptados por las iglesias cristianas, fue depositado, envuelto en una sábana, en un sepulcro excavado en la roca, tras ser solicitado su cuerpo por Jesús de Arimatea a Poncio Pilato, prefecto de la provincia romana de Judea. Según el Evangelio de Mateo, Pilato también accedió a situar frente al sepulcro una guardia armada, ante la insistencia de los "príncipes de los sacerdotes y los fariseos", para evitar que los seguidores de Jesús robasen su cuerpo y difundieran el rumor de que había resucitado.