“Por la situación de desarraigo social y cultural, y por la inestabilidad en que se hallan, los emigrantes suelen ser presas fáciles de métodos insistentes y agresivos. Excluidos de la vida social del país de origen, extraños a la sociedad en que se insertan, obligados a menudo a moverse fuera de un ordenamiento objetivo que defienda sus derechos, los emigrantes pagan la necesidad de ayuda y el deseo de salir de la marginación en la que están confinados de hecho, con el abandono de su fe. Es un precio que ningún hombre respetuoso de los derechos humanos debería pedir o aceptar.
Al emigrante no solo se le hiere en su dignidad humana, sino también en su positiva y respetuosa colocación en el ambiente social que lo acoge.
Y, desde luego, no dan muestras de honradez y sensibilidad aquellos que, aún teniendo el deber de aliviar en el emigrante el trauma y la desorientación causados por el impacto con el mundo extraño a la propia cultura, se acercan a él en un momento de profundo malestar para engañarlo e instrumentalizarlo.”
Al emigrante no solo se le hiere en su dignidad humana, sino también en su positiva y respetuosa colocación en el ambiente social que lo acoge.
Y, desde luego, no dan muestras de honradez y sensibilidad aquellos que, aún teniendo el deber de aliviar en el emigrante el trauma y la desorientación causados por el impacto con el mundo extraño a la propia cultura, se acercan a él en un momento de profundo malestar para engañarlo e instrumentalizarlo.”