Al amanecer, las tropas españolas se repartieron alrededor de Cajamarca. El emperador Atahualpa hizo su entrada en la ciudad sobre un palanquín dorado, llevado a espaldas de hombre, en medio de su poderosa armada. Llegado a la plaza de la ciudad, Fray Vicente de Valverde blandió frente al emperador una biblia, le habló de un dios único, de su representante en la tierra, el Papa, quien concedió al rey de Castilla Carlos Quinto estas tierras para una misión evangélica. Después le pidió al Inca reconocer esta soberanía. Pero el Inca le preguntó de dónde tomó esas palabras. El hermano Vicente le respondió que estaban en ese libro, tendiéndole la biblia. Atahualpa la tomó, la llevó a su oído y no oyendo nada la tiró al suelo.