Cortés estaba decepcionado por la escasa cantidad de oro que había encontrado en Tenochtitlan (apenas más de 500 kilos). Guardó entonces prisionero a Cuauhtemoc, esperando hacerle confesar el escondite del tesoro azteca. El soberano caído no hablaría. El tesoro tal vez no existía y no era sin duda más que el fruto de la imaginación de los conquistadores sedientos de oro. En 1524, en curso de uan expedición hacia Honduras, Cortés hizo ejecutar a Cuauhtemoc.