EL CAN EMPERADOR. En la antigua Etiopía, el pueblo elegía como rey a un perro. Éste era mimado y estaba rodeado a todas horas por guardias y funcionarios. Su comportamiento y reacciones eran interpretados como mensajes reales que debían cumplirse a rajatabla. Así, si el animal se mostraba alegre, era signo de que el país estaba siendo bien gobernado, y viceversa. Y si el perro ladraba o gruñía a algún sirviente o visitante, éste era condenado a muerte.