Aquella guerra entre romanos no había terminado aún. César desempeñaba su tercer consulado cuando tuvo que volver a luchar contra las fuerzas senatoriales en Tapso, en abril del 46, y contra las últimas fuerzas de los hijos de Pompeyo en Manda, en marzo del 45, cuando ya era cónsul por cuarta vez. En términos guerreros no quedaba prácticamente nada por hacer. Incluso en medio de la guerra civil, en el 47, había derrotado definitivamente a Farnaces, el eterno enemigo rey del Ponto. Cinco días después de llegar, le presentó batalla y en unas cuantas horas devastó las tropas enemigas. Inmediatamente cursó al Senado romano una célebre y lacónica relación de los hechos: veni, vidi, vici, (llegué, vi, vencí). Jamás fue derrotado personalmente en ningún combate que entablase, aunque sí lo fueran sus generales.