Termes decidió entonces enviarlo a la corte de Nicomedes, rey de Bitinia, un reino en la costa sur del mar Negro y el mar de Mármara, a fin de afianzar relaciones. Entre Nicomedes y César se trabó una íntima amistad que fue objeto de rumores, algo muy habitual de la época, por otra parte. El hecho es que César volvió un par de veces a Bitinia y que, a la muerte de Nicomedes, el reino sería incorporado a Roma como una provincia más, pasando todos sus habitantes a ser «clientes» de César. Éste ya era dictador absoluto de Roma, y aun en las grandes celebraciones (una curiosa muestra de la libertad de la que algunos gozaban en la Roma de aquellos días) sus propios soldados cantaban coplas en las que burlonamente se referían a sus probables relaciones homosexuales con Nicomedes. Sus enemigos le recordarían a menudo este oprobioso episodio, llegando a bautizarle con el infamante sobrenombre de Bithynicam reginam (reina de Bitinia).