En general, había pocas víctimas, pues los jóvenes guerreros aspiraban a realizar acciones audaces más que nada. Una vez que habían hecho algún daño y provocado alguna muerte, los atacantes se solían retirar a sus fuertes provisionales, levantados normalmente cerca del poblado del enemigo. Evitaban las batallas campales y, cuando era inminente el refuerzo de otros asentamientos, los atacantes se marchaban. Transportaban a los heridos en un cabestrillo que colocaban en la espalda de sus compañeros y, aunque era la forma más práctica de avanzar por el frondoso bosque, para el herido era tremendamente incómodo.