Equipados con rifles de precisión, los cazadores de búfalos liquidaban, de la mañana a la noche, todo aquello que se ponía delante del punto de mira. Cuando, en 1873, Satanta y Gran Árbol fueron puestos en libertad, las manadas de búfalos estaban tan fuertemente diseminadas que los cazadores indios no podían abastecer a sus familias con alimento. En los inviernos siguientes, muchos indios se vieron obligados a comerse sus caballos. Los indios perseguían con un odio irreconciliable a los cazadores de búfalos, que avanzaban por todas partes en la pradera.