Tanto los indios como los blancos fueron arrastrados por un torbellino de acontecimientos, que ya no permitía ninguna paz. Los indios siempre habían dependido de las manadas de búfalos, de ellos se habían alimentado y por ellos habían sido reconocidos como valientes cazadores. Sin embargo, mientras tanto, millones de búfalos habían sido sacrificados. Una nueva clases de cazadores blancos había aparecido en la pradera. Esos hombres solamente arrancaban las pieles a los animales cazados y dejaban que los cadáveres se pudrieran al sol.